Bitácora del Director

Crónicas Artanónicas: El Montaje de Moulin Rouge

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Luis E. Alipaz

4/1/20263 min leer

Bitácora del Director #1

Volver a dirigir es una decisión profundamente estúpida.

Y profundamente inevitable.

Después de un año sabático forzado, porque el cuerpo dijo “hasta aquí llegamos, campeón”, uno empieza a romantizar cosas peligrosas: los ensayos largos, el caos logístico, los egos frágiles, los mensajes a medianoche que empiezan con “perdón la hora pero…”. Uno olvida.
El cuerpo no. El cuerpo tiene memoria. El cuerpo pasa factura. El cuerpo te mira mientras abres el cronograma y te dice: ¿en serio?

Y sin embargo… aquí estamos.
Y, ¡sorpresa! Se siente bien. Sorpresivo, pero bien.

Esta bitácora de mi experiencia dirigiendo este montaje empieza un poco tarde. Este último fin de semana no fue el primer ensayo. Ya llevamos un mes. Estamos en ese punto elegante del proceso donde ya hay material, decisiones tomadas, cosas medio armadas… y también vicios que corregir, dudas que apaciguar y pequeños incendios activos que nadie reportó oficialmente (pero están ahí). Perfecto para escribir: menos épico, más honesto y visceral.

Este último ensayo, mi reencuentro no fue con la idea del montaje. Fue con la realidad del montaje.

Con lo que ya existe. Con lo que funciona… 
Y con lo que claramente necesita intervención, o, en términos técnicos, dirección antes de que se vuelva permanente.

Lo curioso es que no escribo después de un ensayo cualquiera. Escribo desde un lugar raro: desde haber estado la noche anterior con una sobredosis de adrenalina. Y eso, en este oficio, es peligrosísimo… pero también deliciosamente útil (como casi todo lo que termina mal si se usa sin medida).

La noche que precedió al ensayo fue el Highlight Fest. Una iniciativa organizada, nada más y nada menos, que por los mismísimos Satine y Christian de esta producción, porque claramente no tenían suficiente con protagonizar un musical, también decidieron producir un excelente crossover del multiverso de los musicales en La Paz.

Una reunión de varios elencos que hacen musicales. Distintos procesos, distintas estéticas, distintos niveles de caos… pero la misma obsesión. El mismo impulso inexplicable de subirse a un escenario y decir: “sí, esto vale la pena”.

Y verlo todo junto… inspira. Mucho. Y un poco asusta también. Como todo lo que realmente importa.

También es aprender. Porque superamos miedos, porque retomamos riendas. Porque incluso en lo incómodo de grupos grandes de personas, en lo difícil, hay algo que te enseña, que te mueve, que te hace crecer (aunque preferirías que te enseñe con menos intensidad, gracias).

Hubo momentos hermosos. (Reencontarse con un viejo amigo que hace luces.)
Hubo momentos caóticos. (Cambios imposibles de vestuario)
Hubo momentos donde claramente nadie sabía qué estaba pasando. Incluyéndome.
Y curiosamente… eso también fue parte de lo hermoso. Porque el caos, bien usado,

es solo creatividad con mala prensa.

Porque algo se movió.

No sé si fue técnica.
No sé si fue talento.
No sé si fue pura terquedad colectiva (mi teoría favorita y la más sostenible a largo plazo).

Pero algo se alineó un poquito más.
Y a veces, en este oficio, eso ya es un avance gigante.

Y claro, al día siguiente uno entra al ensayo con una mezcla de esa energía, esa adrenalina y el insomnio que te deja de resaca. Una especie de resaca artística: no sabes si estás inspirado o si necesitas electrolitos.

Porque el ensayo no es magia. El ensayo es negociación.
Con el tiempo. Con el cansancio. Con las limitaciones.
Con la realidad de que no todos están en el mismo capítulo emocional que tú… y está bien.

Entonces ahí estoy yo, recién “reconectado con el arte”, con mi fueguito interno encendido,
4 horas de sueño y un hígado lleno de una mezcla de adrenalina, cortisol y endorfinas… tomando decisiones.

Y ahí pasa algo interesante.

La energía no baja. Se contagia… y luego se reordena.

Porque dirigir después de haber estado lejos no es volver a imponer desde cero. Es leer lo que ya está escrito… y decidir qué vale la pena sostener, qué hay que reconstruir y qué, con amor, hay que soltar.

No voy a romantizar este proceso, no tanto, al menos. Esto no es un “renacer del artista” con filtro dorado. Esto es más bien un “ok… esto ya está andando, ahora hagamos que funcione de verdad… y que no nos mate en el intento”.

Hoy hay algo distinto.

No tengo la misma prisa.
No tengo la misma necesidad de demostrar.
Pero sí tengo más ganas de afinar. De limpiar. De construir sobre lo que ya existe sin destruirlo todo en el intento (crecimiento personal, aparentemente. Nadie está más sorprendido que yo).

Y, sobre todo, tengo muy claro que esto, este montaje, este proceso, este pequeño acto de locura colectiva, no es automático. No es garantizado. No es eterno.

Es prestado.
Y también es un privilegio (incómodo, exigente, pero privilegio al fin).

Así que si vamos a hacerlo…
vamos a hacerlo bien.

O por lo menos… muy, muy entretenido.

Continuará.