Apuntes de una bailarina en transformación

Crónicas Artanónicas: El Montaje de Moulin Rouge

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Graciela Rodriguez Saenz

4/21/20262 min leer

Del rigor clásico a la diversidad escénica: mi camino en la producción y dirección coreográfica en “Moulin Rouge”.

Durante años, mi formación y experiencia como bailarina clásica definieron no solo mi técnica, sino también mi manera de entender el arte, de alguna manera: precisión, disciplina, control y una búsqueda constante de esa “perfección”, tanto técnica como estética. El ballet clásico me enseñó a escuchar a mi cuerpo, a respetar la estructura y a encontrar la belleza en la exactitud. Sin embargo, ahora, siendo parte de la dirección coreográfica en un musical, particularmente en Moulin Rouge, marco un punto de inflexión importante en mi trayectoria artística.

La experiencia en el montaje de Moulin Rouge es bastante reveladora, porque exige romper con muchos de los códigos del ballet clásico. En el Moulin, la estética es exuberante, el movimiento es dinámico, incluso caótico en apariencia, pero cuidadosamente estructurado para generar impacto emocional. Todo esto no significa abandonar la técnica, sino utilizarla como base para construir algo aún más expresivo.

En cuanto a la producción, debo decir que es un camino que disfruto bastante. Es un trabajo interdisciplinario mucho más intenso. La coreografía no existe de forma aislada: dialoga con el vestuario, la iluminación, la escenografía y la dirección general. Es un trabajo más operativo, pero de tal importancia que, sin este, nada sería posible. La coordinación entre todos estos aspectos es bastante retadora, pero, de alguna manera, disfruto mucho el camino, pues al llegar al momento cúspide, cuando todo cobra vida arriba del escenario, vale todo el sacrificio y el trabajo duro.

Comparar mi experiencia como bailarina clásica y como docente de danza clásica también con esta producción no es hablar de oposición, sino de expansión. El ballet siempre me dará las herramientas, la disciplina y el lenguaje corporal. Moulin Rouge me obligó a cuestionar, adaptar y llevar todo eso más allá.

Hoy, entiendo mi camino artístico como un puente entre ambos mundos. La complementariedad, cuando convergen diversas formas de arte para formar un todo, es de las experiencias más lindas y enriquecedoras en este camino, y entiendo que crear es, en el fondo, un acto de honestidad, y que todo lo que he sido y soy —la bailarina, docente, directora y productora— convive en ese instante en el que algo en escena logra tocar a alguien más. Ahí, silenciosamente, todo cobra sentido.